El círculo vicioso de la rutina.
- Jaqueline Monroy
- 3 dic 2017
- 4 Min. de lectura
Basado en "Como la vida misma", de Rosa Montero.
Probablemente estés soñando algo sumamente alucinante, una historia merecedora de un premio de gran prestigio, raramente sueñas algo que realmente tenga que ver contigo, en fin, no tiene importancia, es muy probable que en 5 minutos lo olvides de todos modos. En un recuerdo muy lejano escuchas pasos que se acercan, pasos que asustarían a cualquier persona, menos a ti. Son pasos que conoces de toda la vida, y que en este momento preciso se vuelven muy molestos. “No, ahora no” piensas inmediatamente. Escuchas el amargo sonido de la perilla de la puerta, segundos después una cálida mano acaricia tu cabello seguido rápidamente por un corto beso en la frente. “Ya es hora de despertarse, mi linda” dice una voz algo apresurada. Sueltas un leve gruñido, te volteas y dejas que el frío de la almohada te reconforte. “Ya es tarde Jacky, no te vayas a quedar dormida”, murmura la voz. Intentas cubrirte con la sábana que tienes al lado, pero esta se te es arrebatada. Sientes una luz cegadora sobre ti, “Abrí los ojos, ya es tarde”, menciona de nuevo, esta vez de una manera más autoritaria. Finalmente, los abres, debes parpadear un par de veces para asimilar la luz, de todas formas, no puedes ver aún de forma clara, pero esto no es impedimento para que identifiques fácilmente a la silueta que se aleja hacia la puerta. Levantas levemente tu cabeza para ver la hora; “No es tan tarde” piensas con molestia, es en este momento en que dudas de tus prioridades y consideras volver a dormir, pero rápidamente eliminas este pensamiento. Te sientas casi de un salto, por alguna razón tienes esa extraña costumbre.
Te levantas lentamente, arreglas tu ropa y te diriges al baño. Mientras te bañas piensas: “Podría quedarme aquí todo el día”, ves tu reloj y apresuras tus acciones. Regresas a tu cuarto, te vistes lo más rápido posible para evitar congelarte. Escuchas dos toques en tu puerta, “¿Cómo vas?, apúrate”, entre más se repiten estos comentarios, más te atrasas. Te diriges al sillón y tomas el desayuno que te espera pacientemente desde que estabas en el baño, lo comes a medias para “ahorrar tiempo”. Vuelves al baño aún somnolienta, te ves en el espejo, prestas especial atención al área debajo de tus ojos y piensas: “Una semana y media más”. Cepillas tus dientes atenta a la próxima alerta sobre el tiempo, la cual no tarda en llegar. Te tomas el tiempo del mundo para enjuagarte y finalmente sales del baño.
A continuación, te diriges al cuarto de tus padres, donde se encuentran los artículos para el cabello. Dentro, se encuentra tu mamá aplicándose un poco de spray. La saludas cortésmente. Te aplicas crema para el cabello y lo cepillas mientras mantienes una corta conversación que regularmente es así:
-Qué frío, ¿Verdad?
-¿Frío?, yo ya no aguanto el calor por estar corriendo – dice como restándole importancia.
Sabes que utiliza este tipo de comentarios para hacerte sentir culpable por el atraso, pero por esta vez decides ignorarlo. Conversan un poco más hasta que terminas de arreglarte y sales en busca de tu bolsón. Encuentras a tu papá en la sala donde está lustrándose los zapatos, levanta la vista, deja las cosas a un lado y se levanta para saludarte. “¿Cómo amaneciste?” pregunta algo preocupado, seguramente al ver tu extenuante semblante. Contestas que estás bien, solo algo cansada, realizan su saludo habitual y luego vas a tu habitación. Es tarde y aún no has arreglado tu bolsón, los cuadernos se encuentran desordenados sobre el escritorio. Tomas uno por uno y piensas: “Este sí, este no, este sí, este no quisiera llevarlo, pero por cualquier cosa”.
Te acercas a la puerta principal, esperas a que tu papá quite el seguro del carro y sales de la casa. Un viento helado te recibe, te arrepientes de no haber llevado una blusa manga larga, piensas que de igual manera es demasiado tarde para que regreses a cambiarte. Subes al carro, colocas el bolsón en el sillón del copiloto y te acomodas en el asiento trasero, empiezas a quedarte dormida, cuando tu papá arranca el carro se escucha claramente la radio como si estuviera a todo volumen. Esto te saca de tus casillas, tu mamá quién viene a tu lado lo nota, así que le pide que baje el volumen. Finalmente te quedas dormida en el recorrido hacia tu parada. En lo que consideras que fueron 5 segundos escuchas a lo lejos: “Ya es hora Jacky”. Suspiras fuertemente y abres los ojos. Estás en el estacionamiento de tu parada y el bus no tarda en llegar, esperas pacientemente hasta que tu papá abre la puerta del carro al visualizar el bus por el retrovisor. Sujetas la correa del bolsón y la lonchera. Te despides de tus papás y te alejas mientras te dicen palabras de aliento, el bus está frente a ti y abre sus puertas. Por último, piensas: “Aquí vamos, Jacky”.









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